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Manifiesto I

Escribir para mí es labor vital. Conseguir que mi familia lo asimile, es tarea de Heracles.

Cuando se nace escritor en una familia de gente simple, como si un meteorito viniese a pulverizar la paz rumiante de los dinosaurios, se aprende a vivir en exilio bajo el propio techo.

Estos productores, vástagos de los cambios sociales que patrocinan su simpleza, desprecian por instinto todo lo que exhala burgués o artista: todo lo que no toma un pico o una sierra, un martillo o un machete para ganarse la comida. Si me paso el día prendido a los renglones de un clásico, o creando yo mismo filas de supervivencia sobre el papiro, los captores de mi ingenio enloquecen, retándome a duelos que me aparten de la actividad intelectual.

De esta manera, me ha tocado compartir morada con mis enemigos de clase. Mi casa cambiada en maqueta del mundo. Un campo de batalla donde la voluntad de ser genuino, que anida en mí, se debate en el cerco cada vez más ceñido que le imponen los miembros del campo, altamente socialista, enormemente proletario, excesivamente doméstico.

A los que pretenden obligarme a fregar los platos, convencerme de ir a hacer las compras o amenazarme para que saque la basura, desde la trinchera les digo: ¡No me cogerán con vida!

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