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Manifiesto I

Escribir para mí es labor vital. Conseguir que mi familia lo asimile, es tarea de Heracles.

Cuando se nace escritor en una familia de gente simple, como si un meteorito viniese a pulverizar la paz rumiante de los dinosaurios, se aprende a vivir en exilio bajo el propio techo.

Estos productores, vástagos de los cambios sociales que patrocinan su simpleza, desprecian por instinto todo lo que exhala burgués o artista: todo lo que no toma un pico o una sierra, un martillo o un machete para ganarse la comida. Si me paso el día prendido a los renglones de un clásico, o creando yo mismo filas de supervivencia sobre el papiro, los captores de mi ingenio enloquecen, retándome a duelos que me aparten de la actividad intelectual.

De esta manera, me ha tocado compartir morada con mis enemigos de clase. Mi casa cambiada en maqueta del mundo. Un campo de batalla donde la voluntad de ser genuino, que anida en mí, se debate en el cerco cada vez más ceñido que le imponen los miembros del campo, altamente socialista, enormemente proletario, excesivamente doméstico.

A los que pretenden obligarme a fregar los platos, convencerme de ir a hacer las compras o amenazarme para que saque la basura, desde la trinchera les digo: ¡No me cogerán con vida!

Manifiesto II

A mí ni siquiera me gusta escribir, es que no sé no hacerlo.
Por culpa de esa cosa, que aparece como un sueño para algunos, otros la escuchan como una voz. A mí no me habla, no se muestra, tan solo me deja la certeza de que ahí está, esa cosa.
Escribo porque no sé no hacerlo. Lo había dejado durante un tiempo y me dio por componer acuarelas. Lo que resultó penoso, porque mi estilo no evolucionó desde la primaria. Pero los colores eran esa cosa que me decía: escribe, escribe.
Yo fui un tipo normal, medio popular y que gustaba del ambiente. Hasta que un día, en vez de decirles cosas calientes a las muchachas, me dio por escribirlas. Las muchachas preferían que se las dijese, por lo cual me fui quedando solo. A medida que aumentaba mi soledad, más cosas escribía.
Intenté deshacerme del acto de escribir, pero más que una constancia, era una maldición. Quemé papeles para asustar a las palabras. Rompí lápices y bolígrafos para no dejar nada a mi alcance que me subyugara a mi no deseo de escribir. En vano: todo mi cuerpo vibraba con frases y recursos literarios. Las aguas del grifo y de la ducha susurraban diptongos. Mis manos dudaban como las manos de un adicto. La casa entera evidenciaba historias que querían ser contadas. Si salía a la calle, el cielo y los parques se transfiguraban en poemas ante mi cerebro cansado. La pintura, la música… hasta intenté darle forma a una galleta de barro, buscando cambiar al menos, de manifestación artística. Todo no sirvió de nada.
Por último, agobiado y rabioso contra semejante obsesión, decidí suicidarme. En ese instante supe que no lo haría sin escribir un testamento. Lo debo a esa cosa.
El más largo de todos, escribirlo se extenderá toda una vida.

Manifiesto III

Este “Manifiesto” va dedicado a mi amigo, amigo de infancia, juventud y ¿adultez?, Rudy. Es un texto que forma parte de un proyecto más grande… Gracias por leer.

Thetimeeater.

   Cansado de perseguir el rastro inevitable de los escurridizos tubos de óleo, en su mayoría de procedencia rusa, testigos de colores de un pasado difunto: se decidió a continuar su obra a como fuera, creando con lo que tuviera a mano. No podía prolongar los ayunos y disminuir aún más sus exiguos gastos, para acceder a los precios crueles de la pintura industrial. Comenzó por ensayar con diferentes plantas, frutos, granos cuyas coloraciones se impregnaran en la tela desafiante y desnuda. Descubrió que en la cocción desmedida de ciertas raíces y hojas pulposas, lo aguardaban los secretos del papel manufacturado. Un día, sentado sobre una piedra como un buda febril, visualizando cavilaciones que penetraban todas las tonalidades del mundo conocido, se le ocurrió pintar con tierra. La materia adánica que poseía los colores de lo natural verdadero, así como la textura de una criatura viva y poderosa. Se fatigó noches enteras con sus días, mezclando el polvo colorado con la negra crema subterránea, la arena sedienta con el fango fecundo. En la vigilia de tabaco y licores acompasados se produjo un revelador accidente: la copa fornida de café vertió su contenido sobre uno de los cuadros sin terminar. Comprendió en un segundo que podía pintar con todo lo que ingería, con lo que sale del hombre y con lo que entra. Entonces pintó con sudor, con azúcar, con la yerba rebelde, con semen, con saliva. Abandonó la idea de pintar con excrementos porque, aunque sincera, la materia no contaba con el público apropiado. Además del café utilizó las hojas del tabaco que fijaba con gracia para construir retratos y ciudades. Elaboró paisajes enteros de rodajas de pan tostado, ríos de frijoles con peces de arroz. Quizás un huevo compuso algún lienzo. La carne fue imposible utilizarla para el arte, demasiado costosa e ilegal a veces. Pero aportó a sus creaciones su propia sangre, abriéndose las venas hasta el vértigo y el salvajismo para irrigar lo que pintaba. Sobreviviente, recogió piedras salidas de las calles, astillas de los postes del alumbrado, la cal de las paredes, los animales muertos (convenientemente disecados), los cabos, las latas utilizadas, todos los desechos. Se acostó en un lienzo y durmió para pintarse a sí mismo, entero y palpitante. Adivinó que suspendiendo de manera horizontal los paños, podía pintar con fuego. El humo se relajaba difícil de controlar, pero accediendo al final a los bocetos que concebía. Por último, después de pintar sólo con agua y confeccionar un cuadro que atrapara al viento, se propuso pintar con luz. El más arduo de sus proyectos. Para conquistarlo debía obtener la claridad por medio de las sombras. Abatido por la corrupción de ese arte supremo, de  esa imagen que inmovilizara no sólo al tiempo, sino también los gritos, las penas, el hastío, la locura, el renacer susurrante e inefable de la primavera, el corazón intemporal de todas las cosas, los seres y sus creencias; dejó el cuadro en blanco y dijo:

   –  Aquí pego al mundo.