Archivo de la categoría: La caja de la pantera

El sueño

Se levantó, como siempre, cuando el campo todavía estaba oscuro. Espantó la persistencia de la noche con un poco de agua sobre los ojos y comenzó a vestirse. Poniéndose las botas, recordó lo que había soñado. Se descalzó, se desnudó, apagó la lámpara de aceite que llamaba a los insectos.

Sin hacer caso a los lamentos de la vaca y de los otros animales, que sentían su presencia, volvió a la cama.

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Benedetta Bonichi

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El accidente de Dorian

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a  R. G.

   Después del accidente, quedó convertido en una cosa horrible. Los médicos dijeron no es posible otra cirugía, tendrá que vivir con su rostro mutilado y hacerse amigo del reflejo.

También recomendaron hacer ejercicios; su cuerpo, al menos, podrá recuperarse del trauma.

Dedicó su vida al gimnasio. Cambió sus brazos, sus piernas y su tronco en una escultura de mármol. Pero no conformándose, ejercitó también los músculos que hay en el rostro: los cuarenta y tres que se utilizan para fruncir el ceño y los diecisiete que sirven para sonreír.

Al pasar un año desde su salida del hospital, ya era otro. Un hermoso rostro le había nacido donde antes un amasijo de carne lastimada. Ojos anchos y boca carnosa, mejillas bien dibujadas, piel tersa en una cara de ángulos a la moda.

Esto provocó que tuviera un éxito rotundo con las mujeres y entre los demás hombres. Sin embargo nunca, nunca más se miró en un espejo.

La pantera

En la ciudad vive una pantera mágica, que cada año viene a por los recién nacidos. Los devora y al año siguiente devuelve niños extraños, ajenos, de otras razas.
Aunque todos sufren el día que sus hijos son devorados, se han acostumbrado a que no pueden cambiar las cosas; incluso se regocijan del reencuentro con los infantes foráneos. Es como si se convirtieran en padres solamente ese día.
Una vez, un hombre no pudo entregar a su hijo. ¡Lo amaba tanto! No consiguió resignarse y mató a la pantera.
La alegría duró poco. Porque mientras todos danzaban como locos por las calles, exhibiendo las cabezas cortadas de los hijos de la pantera, aquel hombre, el rebelde, sentía como le crecían los colmillos y las garras. Como se acuciaba su apetito, a la vista de toda mujer embarazada.