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Presentación de “La balada de los suicidas”

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Manifiesto III

Este “Manifiesto” va dedicado a mi amigo, amigo de infancia, juventud y ¿adultez?, Rudy. Es un texto que forma parte de un proyecto más grande… Gracias por leer.

Thetimeeater.

   Cansado de perseguir el rastro inevitable de los escurridizos tubos de óleo, en su mayoría de procedencia rusa, testigos de colores de un pasado difunto: se decidió a continuar su obra a como fuera, creando con lo que tuviera a mano. No podía prolongar los ayunos y disminuir aún más sus exiguos gastos, para acceder a los precios crueles de la pintura industrial. Comenzó por ensayar con diferentes plantas, frutos, granos cuyas coloraciones se impregnaran en la tela desafiante y desnuda. Descubrió que en la cocción desmedida de ciertas raíces y hojas pulposas, lo aguardaban los secretos del papel manufacturado. Un día, sentado sobre una piedra como un buda febril, visualizando cavilaciones que penetraban todas las tonalidades del mundo conocido, se le ocurrió pintar con tierra. La materia adánica que poseía los colores de lo natural verdadero, así como la textura de una criatura viva y poderosa. Se fatigó noches enteras con sus días, mezclando el polvo colorado con la negra crema subterránea, la arena sedienta con el fango fecundo. En la vigilia de tabaco y licores acompasados se produjo un revelador accidente: la copa fornida de café vertió su contenido sobre uno de los cuadros sin terminar. Comprendió en un segundo que podía pintar con todo lo que ingería, con lo que sale del hombre y con lo que entra. Entonces pintó con sudor, con azúcar, con la yerba rebelde, con semen, con saliva. Abandonó la idea de pintar con excrementos porque, aunque sincera, la materia no contaba con el público apropiado. Además del café utilizó las hojas del tabaco que fijaba con gracia para construir retratos y ciudades. Elaboró paisajes enteros de rodajas de pan tostado, ríos de frijoles con peces de arroz. Quizás un huevo compuso algún lienzo. La carne fue imposible utilizarla para el arte, demasiado costosa e ilegal a veces. Pero aportó a sus creaciones su propia sangre, abriéndose las venas hasta el vértigo y el salvajismo para irrigar lo que pintaba. Sobreviviente, recogió piedras salidas de las calles, astillas de los postes del alumbrado, la cal de las paredes, los animales muertos (convenientemente disecados), los cabos, las latas utilizadas, todos los desechos. Se acostó en un lienzo y durmió para pintarse a sí mismo, entero y palpitante. Adivinó que suspendiendo de manera horizontal los paños, podía pintar con fuego. El humo se relajaba difícil de controlar, pero accediendo al final a los bocetos que concebía. Por último, después de pintar sólo con agua y confeccionar un cuadro que atrapara al viento, se propuso pintar con luz. El más arduo de sus proyectos. Para conquistarlo debía obtener la claridad por medio de las sombras. Abatido por la corrupción de ese arte supremo, de  esa imagen que inmovilizara no sólo al tiempo, sino también los gritos, las penas, el hastío, la locura, el renacer susurrante e inefable de la primavera, el corazón intemporal de todas las cosas, los seres y sus creencias; dejó el cuadro en blanco y dijo:

   –  Aquí pego al mundo.